
El momento se presentó entero y eterno. Los instantes se fueron reemplazando a sí mismos como navidades infinitas, donde la fiesta apenas empezaba, siempre. Sin embargo, no lograba aprehender un gramo de realidad de esas visiones secuenciales de mí misma y me fui perdiendo en un espiral dulce y perfecto. Comencé a reir en el momento menos esperado, como para cerrar aquella interrogación abierta y ver con dos grandes ojos abiertos lo que podía llegar a ser y lo lejos que estaba de ese carnaval de sutilezas. Me sentí ligera y nueva, embriagada de extrañezas. Me elevé sobre misma como si ello fuera requisito para aspirar, inocente, a un momento horizontal de verdad irrefutable, de certeza maravillosa.
Estaba viviendo desde mi esquina, ese viejo sueño encantado y mágico, vacío de elementos, donde la risa no me deja respirar y tanta dulzura no me cabe en la sonrisa tímida que apenas esbozo.
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